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Frase del Día

“Vida es vivir de manera que no se tema la muerte ni todos los sucesos de la vida” (Santa Teresa de Jesús) -

“Dios creó al hombre para la inmortalidad”

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La liturgia de este domingo es un manifiesto explícito y fuerte a favor de la vida. La vida y la muerte aparecen, y se mantienen, en la humanidad como dos polos en los que parecería que gana la batalla definitiva el segundo: la muerte. Tanto la primera lectura (tomada del Libro de la sabiduría, siglo primero a.C.) y como el evangelio (con dos episodios) ahondan en lo contrario: en que es la vida la que lleva las de ganar. Y todo ello, porque el Dios en el que creen lo sostiene.

1. La muerte, un enigma. Puede suceder que la muerte sea una tentación de huida, cuanto más lejos, escondida y, si puede ser olvidada, mejor. Pero en el fondo, la muerte se pega al cuerpo humano como una lapa. Y, además, se pega como un “enigma” del que no sabe cómo salir airoso. El Concilio Vaticano II afirmó sin ambages que “ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen” (GS 18). La muerte tiene en la historia un largo capítulo que no termina de escribir. La experiencia humana parecería ser muy sencilla: la vida tiene un período de presencia, que no es eterno. Llega un momento en que esa vida, que se va deteriorando con los años y los achaques, se esfuma del todo. Pero esa misma experiencia encuentra que la persona, la mayor parte de las personas, se resiste a creer a quienes afirman que “el hombre no perdura en la opulencia, sino que perece como los animales” (Sal 48 13). Las religiones refuerzan esos sentimientos de permanencia y de vida, pero también ellas tienen una larga historia de negaciones, titubeos, teorías, ironías, dificultades… También para ellas la muerte sigue siendo un enigma, el supremo enigma.

2. Unas afirmaciones esenciales. Merece la pena retener afirmaciones y hechos que nos recuerdan las lecturas proclamadas hoy en la liturgia. Son referentes de una fe judeo-cristiana que se fue consolidando lentamente hasta perfeccionarse en la persona que “inicia y consuma nuestra fe, Jesús”. Esas afirmaciones y esos hechos no lograron borrar el “enigma”. Sencillamente lo asumieron como expresión de la lucha que mantuvieron y mantienen el racionalismo  -con frecuencia en niveles muy rebajados- y la fe. He aquí esas afirmaciones: “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera”. “Dios creó al hombre para la inmortalidad”. “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. “¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida”. ”Contigo hablo, niña, levántate. “La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones”. Así nos quedamos, quizá muchas veces, nosotros: viendo visiones.

3. “El último enemigo vencido será la muerte”. A pesar de que conocieran estas afirmaciones esenciales, algunos de los primeros cristianos, sobre todo venidos del paganismo, seguían bajo el dominio del recuerdo de la muerte como triste victoria final y definitiva. Esto indica hasta qué punto la muerte como final del camino era profunda. El triunfo sobre la muerte –entendida ésta en su sentido más integral- lo obtiene la resurrección. San Pablo, que había sufrido el sarcasmo de los filósofos del areópago en Atenas por afirmar que Jesús había resucitado, tuvo que afrontar no el sarcasmo, pero sí las dudas y la negación de algunos cristianos que seguían sin admitir la resurrección de los muertos (“¿cómo es que andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?”). Pablo no pudo ser más rotundo al respecto: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron”.

Moraleja: “Dios creó al hombre para la inmortalidad”. Nuestro destino es vivir. Condenarnos a mal-vivir 100 sería un castigo demasiado duro para la creatura humana.

Actualizado (Jueves, 25 de Junio de 2015 20:49)