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La Liturgia de la Palabra parte de dos tragedias que tuvieron lugar en Israel, tragedias que se saldaron con víctimas mortales. Una mentalidad arraigada en el pueblo, pensaba que las víctimas se lo tenían bien merecido; por algo cayeron ellas, y no otras personas. Es lo que piensan todavía muchos cristianos al tener noticia de catástrofes: “algo habrán hecho; merecido se lo tienen” Malos somos todos. Jesús no dice que quienes sufrieron la muerte no eran malos (culpables). Pero sí dice que “no eran peores” que los demás. La condición pecadora del hombre es una verdad constatable, aunque de ahí no se siga que dicha condición explique los accidentes y catástrofes de la naturaleza y de las fuerzas humanas que deterioran la vida o acaban con ella. Son dos cosas distintas, si bien hay entre ellas una sutil conexión que quizá los humanos somos incapaces de percibir y explicar correctamente o nos neguemos a aceptar, porque nos acusa. Todos culpables. Una sentencia evangélica sigue caminando por la historia con generalizado asentimiento: “El que esté sin culpa, que tire la primera piedra”. Todos somos culpables, aunque no de la misma manera, de lo que pasa en el mundo, en la entera familia humana y en la naturaleza. Los reproches de unos a otros son, generalmente, excusas propias y mentalidad mezquina: “la culpa es del otro”, decimos. Oportunidad para todos. Dicho en negativo no nos suena bien; pero, por seguir literalmente el Evangelio, lo decimos: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Dicho en positivo: “Si nos convertimos, la cosa será distinta”. Es la afirmación de una oportunidad muy importante, única. La culpa no es eterna; eterna es la misericordia. Y la misericordia es creativa, genera cambio vital y existencia nueva. La oportunidad de la higuera. A cuento de lo que precede viene la parábola de la higuera (símbolo de la infidelidad de Israel para con Dios). Jesús utilizaba con mucha frecuencia las parábolas, unas parábolas que todos podían entender (aunque no siempre), fáciles de retener y con mucha miga. En esta ocasión, la cosa era sencilla: el señor de una viña había plantado en ella una higuera. Durante tres años fue a recoger el fruto, los higos. Pero la higuera se había cerrado en banda y no daba higos. Y a la tercera fue la vencida. “Córtala”, dijo al viñador. Y le dio esta razón: “¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. El viñador se sintió mal. Después de todo, diariamente miraba a la higuera, molesto pero esperanzado. Por eso le dijo al señor: “Déjala todavía este año”. La oportunidad es para todos. También los malos, es decir: todos, tienen su oportunidad. Un buen viñador es tal porque sabe tratar sus plantas, también las menos favorecidas. Cortarlas sería lo más fácil, aunque a veces pueda ser necesario. Más difícil, y mejor, es trabajarlas: “Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol”.Hoy han cambiado los abonos, pero los abonos, los que sean, siguen siendo un apoyo necesario. Y el trabajo de los “viñadores”, también. Moraleja: Esa higuera somos nosotros. No sabemos lo que al fin sucedió con aquélla. Mantenemos la ilusión de que, al fin, diera higos en ese año de gracia. Aplicarse el cuento es de cristianos que creen el Evangelio. Trabajar en cambiar de vida (convertirse) dando frutos es tarea cuaresmal. |