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“El gran Rey… como buen pastor, con un silbo tan suave que aun casi ellos mismos no lo entienden, hace que conozcan su voz” (Santa Teresa de Jesús). -

El buen pastor

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La imagen evangélica del buen pastor es una de las que se han hecho populares, de las más conocidas. Su figura llevando sobre los hombros la oveja que se había perdido ha corrido toda la historia del cristianismo. Por eso, a pesar de que hayamos pasado –o estemos pasando- de un mundo agrícola a un mundo urbano y se vean menos ovejas en el redil y menos pastores en el campo, merece la pena mantener no solamente esta página evangélica, sino también esta referencia pastoril. En nuestro tiempo sigue teniendo todo el sentido evangélico, al tiempo que puede y debe ser leída desde un contexto que no tenía al transmitirla el cuarto evangélico.

1. El nuevo contexto. Al hablar de “pastores” en la Iglesia solemos echar una mirada a la jerarquía, sobre todo a los Obispos y al Papa. No es una mirada retadora. Ni siquiera es una mirada de sospecha. Es una mirada normal, porque siempre se nos ha dicho que ellos son nuestros “pastores”. En menor escala esa mirada abarca también a los sacerdotes, porque también ellos presiden la fe del pueblo. El nuevo contexto puede y debe hoy extender el nombre de pastores a otros ministerios dentro del Pueblo de Dios, ministerios que, sobre todo en ciertos lugares de la Iglesia, han logrado una mayor presencia e importancia: diáconos permanentes, presidentes de asambleas, “dirigentes” de grupos, etc. A todos ellos queremos recordar hoy en las palabras del Evangelio. A ellos irá nuestro agradecimiento y nuestro deseo de que las cosas, en el ampo de Dios y de la humanidad, vayan bien.

2. Las dificultades del pastor. Ningún ministerio es fácil, ni en la sociedad ni en la Iglesia. No es la facilidad la que constituye al pastor. La vida moderna aporta ciertas facilidades en las relaciones entre “pastor” y “ovejas”: mayor comunicación, corresponsabilidad, comprensión, etc. Pero trae también mayores dificultades: encontrar el verdadero sentido de la relación entre ambos y acertar en lo que no le pertenece y en lo que le pertenece. Una sociedad democrática es también el nuevo clima en que tienen lugar las nuevas relaciones. Los fieles no creen evangélico –y por eso no lo aceptan- un estilo de gobierno y presidencia que no haya desterrado los métodos autoritarios de otros tiempos. No parece correcto añorar métodos pasados; es preferible acoger los métodos de nuestro tiempo, que, sin ser seguramente perfectos ni fáciles de ejercer, parecen más adecuados a nuestros días.

3. Mutuo conocimiento. EL evangelio de hoy indica algunos aspectos que son esenciales tanto a los “pastores” como a las “ovejas”, a toda la comunidad en la que se vive. Uno de esos aspectos es el conocimiento mutuo: “conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí”. Con frecuencia nos detenemos sólo en la primera parte: el pastor debe conocer a las ovejas (a los fieles). Ello es importante, pero no suficiente. Es también importante y necesario que las ovejas conozcan al pastor. El conocimiento implica “saber” y “amor”. Bíblicamente no hay conocimientos distantes y fríos.

4. Dar la vida. He aquí otro aspecto permanente en el buen pastor según el corazón del evangelio: dar la vida. Pueden cambiar las formas, los lugares, los momentos, etc. Pero permanece el mensaje: dar la vida. En unas estructuras y problemas diversos, la entrega de la vida se realiza de forma diversa; pero siempre se trata de entregar la vida. Ante unas necesidades diversamente percibidas, la entrega de la vida se realiza también de modo diverso. Ante unos peligros nuevos y unas nuevas muertes, el pastor deberá buscar nuevas “medicinas. Desde la muerte se añora y desea más la vida. Desde la experiencia de la marginación, droga, violencia, etc. el pastor deberá percibir con relativa claridad qué es lo que de verdad puede y debe significar la vida, para que “dar la vida” no se quede en una frase más, repetida pero vacía.

Moraleja: Dar la vida implica generosidad, sobre todo generosidad, una generosidad recompensada, porque siempre que se da algo, en realidad se comparte. Y la vida compartida sabe más a vida y a más vida.

Actualizado (Miércoles, 22 de Abril de 2015 05:54)

 

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Actualizado (Lunes, 13 de Abril de 2015 20:31)