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En la vida de los hombres y mujeres de todos los tiempos llegan momentos que pueden ser calificados como momentos de decisión, momentos en los que la vida toma un rumbo que unas veces parecía normal y otras, no pocas, insospechado. En la liturgia de este domingo encontramos dos decisiones imprevistas e insospechadas. Andan de por medio Isaías y algunos discípulos de Jesús, con Pedro a la cabeza.. Normalmente decimos que son relatos de vocación. Puede decirse, con tal de que no se restrinja el sentido de la palabra “vocación”. Quizá sea preferible llamarlos momentos de decisión.
Sinceridad de Isaías y de Pedro. Un buen día Alguien llama a Isaías y a Pedro. A Isaías, en el Antiguo Testamento, le llaman para ser profeta, para ser nada menos que portavoz de Dios ante un pueblo rebelde. Isaías no lo celebró como si le hubiera tocado la lotería. Todo lo contrario: trató de evadirse. Tenía sus razones (o se las inventaba, por si colaba): soy “hombre de labios impuros”. que era tanto como decir: no sirvo para hablar palabras limpias de Dios. Pedro, en el Nuevo Testamento, se vio en una situación parecida. Cuando Jesús se le acerca, y de manera asombrosa, Pedro se teme lo peor. Y sólo se le ocurre decirle a Jesús (que andaba buscando “gente”): “Apártate de mí, que soy un pecador”.
Caen las trabas. Isaías argumentaba que tenía labios sucios para hablar la limpia palabra de Dios. Dios le cortó la huida: “no te preocupes, yo te los limpio”. Pedro pudo argumentar que, a pesar de ser pescador de profesión, no sabía pescar.. También a Pedro Dios le cortó la huida: “No temas”. “Yo te haré pescador”. Varias cosas quedaban claras en estos hechos: Dios no tira la toalla con facilidad, sigue incordiando; el hombre puede argumentar, pero no debe fiarse demasiado de sus argumentos; Dios respeta las decisiones, pero no es fácil engañarle y es suficientemente listo para ver la luz en medio de la oscuridad.
“Mándame”; “lo siguieron”. Dios se ganó un buen profeta y Jesús unos… seguidores. Bien está lo que bien acaba. Isaías se vio acorralado y a pesar de que conocía el mal paradero de los profetas que le precedieron, ofreció su disponibilidad: “Aquí estoy, mándame”. Muchos en la historia religiosa del Antiguo y del Nuevo Testamento seguirían su ejemplo. Pedro, y los que le acompañaban, rudos pescadores, no tenían mucha palabra, pero tenían hechos: “Dejándolo todo, lo siguieron”. Alguien pudo pensar que era el momento menos propicio, ahora que tenían peces para dar, vender y tirar. La disponibilidad no mira esas cosas: lo dejaron todo por otra causa, el seguimiento de quien los llamaba.
Moraleja: Alguien se acerca a nuestra vida, “se hace el tonto”, escucha alguna que otra estupidez, la encaja como buen boxeador y va a lo suyo: corta las huidas, robustece debilidades y espera paciente. Alguien antes que nosotros detuvo la huida comenzada y se dijo: ¡adelante, a hablar, a pescar, a… lo que sea! Nunca es tarde si la dicha es buena. |