Parroquia Nuestra Señora del Carmen

Carmelitas Descalzos, Vigo
Menú principal
  • Inicio
  • Quienes somos
  • Accion Social
  • Catequesis
  • Liturgia
  • Grupos
  • Familia
  • Vida Parroquial
  • Horarios
  • Imágenes
  • Hoja Parroquial
  • Enlaces
  • Noticias
  • Libro de Visitas
.
Contador de Visitas
mod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_counter
mod_vvisit_counterHoy20
mod_vvisit_counterAyer172
mod_vvisit_counterEsta semana354
mod_vvisit_counterEste mes1334
mod_vvisit_counterTodos154127

¿Qué es un peregrino?

PostDateIconLunes, 08 de Marzo de 2010 20:54 | PostAuthorIconEscrito por Parroquia | PDF Imprimir E-mail

 

La peregrinación crea un personaje, el peregrino, que más allá de la definición que de él nos da Dante, el que va a Compostela, en contraposición al romero y al palmero, que son los que se dirigen a Roma y a Jerusalén, es un término que procedente del derecho romano, va a ser tomado por los primeros autores cristianos para designar al mismo cristiano al que se considera peregrino en tierra extraña. Peregrino, según el derecho romano,  es el habitante del Imperio que siendo libre no goza del derecho de ciudadanía, igualmente con este término se expresa a aquel ciudadano de un país no perteneciente al Imperio que reside en éste. Pronto dejará de tener esa connotación escatológico-espiritual para pasar a designar a todo aquel fiel que se pone en camino para venerar bien los lugares santos de Jerusalén o la tumba de un mártir o de un santo. De aquí que la peregrinación no sea sólo el camino a un lugar geográfico concreto, sino una actitud  religiosa. 

Si la peregrinación no era un viaje más, tampoco el peregrino debe ser visto como un viajero más, se definía por haber realizado un voto concreto a Dios, realizar un viaje a un lugar santo: “Romero tanto quiere decir ome que se aparta de su tierra e va a Roma, para visitar los santos logares en que yazen los cuerpos de San Pedro e San Pablo, e de los otros Santos que tomaron martirio por Nuestro Señor. E pelegrino tanto quiere dezir como ome estraño , que va a  visitar el Sepulcro Santo de Jerusalén, e los otros santos logares en que Nuestro Señor Jesucristo nacio, vivio  e tomo muerte e pasión por los pecadores; o que anda en pelegrina e a Santiago o San Salvador de Oviedo o a otros logares de luenga e estraña tierra”.  

Poco a poco, a lo largo de la Alta Edad Media, se va a desarrollar toda una normativa que nos ayuda a definir a los peregrinos. En primer lugar estaba la bendición. El peregrino, antes de partir, era bendecido por el sacerdote, por lo general en el marco de una misa de peregrinos, las cuales son conocidas desde principios del siglo XI. Para recibir esta bendición era necesario que el peregrino confesase y en algunos casos hubiese hecho testamento, forma de expresar que rompía las ataduras con el mundo y se hacia pobre, ya que  “el peregrino que  muere con dinero en el camino de los santos se excluye del reino de los peregrinos verdaderos”. La bendición del peregrino consistía en entregarle, después de la comunión, el traje de peregrino, así como los otros instrumentos propios del camino de peregrinación, fundamentalmente el báculo y la alforja, “los que vienen a visitar a los santos reciben en la Iglesia el báculo y el morral bendito”. (Liber Sancti Jacobi,  Libro I, Cap. XVIII, p. 204).  Con esta bendición  se expresa que el peregrino era enviado por una comunidad cristiana, bien para agradecer algo a un santo, bien como penitente, y a la vez indicaba que el peregrino marchaba bajo la protección divina. La bendición legitimaba al peregrino, le garantizaba la protección, tanto hacia su persona como  hacia sus bienes, por parte de la Iglesia o de la autoridad civil: “Tovieron por bien los sabios antiguos que fizieron las leyes, e aun los que fablaron en derecho de la San Eglesia, que los bienes e las cosas de los romeros, ninguno les debe forçar, nin entrar, ni sacar, nin toller de la tenencia de a los que tovieorn lo suyo. E sin por ventura fuesen echados de la tenencia por fuerza o de otra manera que los parientes, o los amigos o los vecinos, o los siervos, o los labradores de los romeros puedan demandar e cobrar en juyzio la tyenencia que les forçaron, manguer no hayan carta de procuración de los romeros. Otrosi non deve ser aganada carta der Rey, nin del alcalde para sacarlos de la possessión, e de la tenencia de los bienes de los romeros, mientras andovieren en romeria". Igualmente la bendición les garantizaba la hospitalidad a lo largo del camino. 

A lo largo de la Edad Media, para que el peregrino pudiese llevar a cabo su promesa de visitar un determinado lugar, y ya que por el mero hecho de ser peregrino no estaba amparado por las leyes de su lugar de origen, se va a desarrollar toda una normativa jurídica tendente a proteger al peregrino de agresiones o de explotación económica. El peregrino va a lograr quedar exento del pago de portazgo, peaje por atravesar un puente, se le va a proteger en la medida de lo posible de los abusos de los transportistas, de los mercaderes y hosteleros, de los cuales ya se quejaba el Codex Calixtinus: “En esta tierra, a saber, cerca de Port de Cize, en el pueblo, llamado Ostabat y en los de Saint- Jean y en los de Saint-Michel- Pied-de-Port se hallan unos malvados portazgueros, los cuales totalmente se condenan; pues saliendo al camino a los peregrinos con dos o tres dardos cobran por la fuerza injustos tributos. Y si algún viajero se niega a darles los dineros que le han pedido, le pegan con los dardos y le quitan el censo, insultándole y registrándole hasta las calzas” (Liber Sancti Jacobi, Libro V,  Cap. VII, p. 516). 

 

El Codex Calixtinus, que refleja el ambiente de la peregrinación jacobea en el siglo XII, reconoce que todo peregrino, sea pobre o rico, debe ser caritativamente recibido o venerado por todas las gentes, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta a Santiago. Este trato al peregrino quedaba justifico por razones espirituales, el peregrino es la imagen de Cristo: “Pues quienquiera que los recibe y diligentemente los hospeda, no sólo tendrá como huésped a Santiago, sino también al señor, según sus mismas palabras al decir en el evangelio: “El que a vosotros os recibe a mí me recibe”. 

En segundo lugar estaba la carta de recomendación, una especie de salvoconducto, expedido por el párroco del lugar o del obispo, que justificaba la intención del peregrino. Este salvoconducto, al margen de proporcionarle ayuda en el camino, servía de control de los peregrinos, tanto en el viaje de ida como de vuelta, y de esta forma poder distinguirlos de los aventureros, rufianes  y falsos peregrinos que abundaban en los caminos de peregrinación. De hecho ya en el siglo IX, un concilio de Chalon sur Saone, 813, ponía en guardia contra aquellos que, llevando una vida licenciosa, se pasaban la vida de santuario en santuario, creyendo que de esa forma lograban el perdón de sus pecados. La verdad que nunca faltaron en los caminos de peregrinación los rufianes, picaros, impostores, estafadores, toda una multitud de gente que vivía de los peregrinos y de la buena voluntad de la gente.

En tercer lugar estaba la vestimenta como forma de identificar al peregrino. Aunque ésta variaba según la procedencia de los peregrinos, no faltaban unos elementos distintivos: el capote, que le resguarda del frio y del agua, el sombrero de alas anchas, la calabaza para llevar agua para el camino, la alforja o zurrón y  el báculo, que solía recibirlo con la bendición a la hora de partir; la caja donde llevaban la carta de recomendación y el salvoconducto para poder transitar por determinados paises, sobre todo en el camino hacia Jerusalén; a finales de la Edad Media se hizo habitual el rosario. Pronto, como podemos comprobar por el sermón  Veneranda die del Codex Calixtinus, a algunos de estos elementos se les da un sentido espiritual. Del morral se dice que es estrecho porque el peregrino debe poner su confianza en Dios y no en sus propios medios, es de piel de animal porque le recuerda al hombre que debe mortificar su carne y esta abierto porque el peregrino debe repartir sus propiedades con los pobres y estar dispuesto lo mismo a dar que a recibir. Del báculo o bastón, instrumento para defenderse de los lobos y perros, se dice que es el símbolo de la lucha contra las trampas del demonio: “el demonio  ladra al hombre cuando provoca su mente a pecar con el ladrido de sus sugestiones; muerde como el lobo cuando impulsa sus miembros hacia el pecado”. Ya en el siglo XII  era tradicional que los peregrinos en su viaje de vuelta trajesen algún objeto que caracterizaba al lugar donde habían peregrinado. En el Liber Sancti Jacobi se recuerda que así como los peregrinos que iban a Jerusalén traían de recuerdo las palmas, “monstrando que han mortificado sus vicios”,  los que caminaban a Santiago volvían con las conchas, las cuales eran tenidas como símbolo de las buenas obras, del cambio de vida que debía operar la peregrinación en aquellos que la llevaban a cabo. Los peregrinos que iban a Roma solían traer limaduras de las cadenas de San Pedro, los que caminaban a Mont Saint Michel venían con frascos del llamado agua de San Miguel, lo mismo ocurría con los que viajaban hasta Canterbury a venerar la tumba de Santo Tomás. 

Al peregrino se le exigía un determinado comportamiento, que no quiere decirse que siempre se cumpliese. De hecho antes de partir se pedía que perdonase a los que le habían injuriado, hubiese devolviese lo que había robado, dejase ordenado sus bienes. En el camino se esperaba de él que ayudase a los peregrinos más necesitados, trajese conversaciones piadosas, huyese de la embriguez y de la lujuría,  y, como no podía ser menos, oyese misa por lo menos los domingos y días de fiesta, tuviese oración, y no dedicarse en el camino al comercio, sino a cosas devotas como es el visitar santuarios y tumbas de santos, a la penitencia y, frente a los favores recibidos recibidos, se pedía fuese agradecido, así lo recoge en la tradición hispana Alfonso X el Sabio cuando recuerda que “romeria e pelegrinaje deben facer los romeros con gran devoción, diziendo e faciendo bien, e guardándose de facer mal, non andando faciendo mercaderias ni arloterias por el camino; e debense llegar temprano a la posada, quanto pudieren, porque sean guardado de daño e fazar mejor su romeria”. El Codex Calixtinus recuerda que “el Camino de peregrinación es cosa muy buena, pero es estrecho... El camino de peregrinación es para los buenos carencia de vicios, mortificación del cuerpo, aumento de las virtudes,  perdón de los pecados, penitencia de los penitentes,  camino de los justos, amor de los santos... Aleja de los suculentos manjares, ama la pobreza, odia el censo de aquel a quien domina la avaricia” (Liber Sancti Jacobi, Libro I,  Cap. XVII, p. 204). A la vuelta se le exige  perseverar  en las buenas obras y apartarse de lo ilícito.

A lo largo de los siglos medievales se termina de definir quién puede ser peregrino: un hombre libre, mayor, que no tenga hecha la profesión monástica o recibido las órdenes mayores. En principio de la peregrinación quedaban excluidos los siervos, los monjes, los clérigos, las mujeres, estos sólo podían llevarla  a cabo si contaban  con la dispensa de su superior o de aquel a quien estuviesen encomendados, los casados necesitaban la autorización de su conyuge para llevar a cabo la peregrinación, exceptuando la peregrinación a Jerusalén. “Romeria ninguna non puede prometer el marido sin otorgamiento de la muger, nin la muger sin otorgamiento del marido, fuerase en de yr a Ierusalen. Ca esta puede prometer el marido sin otorgamiento de la mujer, porque es más alta romeria que todas, como quier que ella non la puede prometer sin mandato del marido. (Código de las Partidas,  Partida I, título VIII, Ley IX.  Liber Sancti Jacobi, Lib. I, cap. XVII, p.210).  Si el peregrino debía contar con la autorización de su conyuge para partir en peregrinación hubo concilios, como el de Ruán de 1072 que amenazaron con la excomunión  a las esposas que aprovechando la peregrinación de su marido contraían nuevo matrimonio.

                                                                                                                                                               Luis J. F. Frontela 

 

Actualizado (Domingo, 04 de Abril de 2010 16:09)

 

Copyright © 2010. All Rights Reserved
Parroquia Nuestra Señora del Carmen. Carmelitas Descalzos. Paseo Padre Lorenzo, 2. 36211 Vigo. Tlf. 986299350 - parroquia@elcarmenvigo.com.

Joomla template created with Artisteer by Angel Romero.