Parroquia Nuestra Señora del Carmen

Carmelitas Descalzos, Vigo
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Espiritualidad de la peregrinación

PostDateIconJueves, 04 de Febrero de 2010 13:13 | PostAuthorIconEscrito por Parroquia | PDF Imprimir E-mail

 La devoción que fomenta la peregrinación es una devoción  visual y táctil, que, buscando satisfacer la sana curiosidad de los fieles, encamina al fiel a ver y tocar los lugares santos donde se desarrolló la vida de Cristo o donde tuvieron lugar las principales escenas de la historia de la salvación,  o al lugar donde reposa un santo, y es que el peregrino cree que es más fácil encontrarse con Dios en estos lugares que se considerados, de ahí la insistencia en visitarlo, y es que, en expresión de San Cirilo de Jerusalén, mientras “otros sólo oyen, nosotros vemos y tocamos”. Esta devoción táctil de la peregrinación la encontramos a lo largo de la Edad Media, es significativa la costumbre de la peregrinación jacobea de abrazar la imagen de Santiago diciéndole: Amigo, encomiéndame a Dios.  

Este ver no es una simple curiosidad, sino que debe llevar a la contemplación de la realidad espiritualidad que evoca lo visto, es lo que San Jerónimo en el epitafio de su amiga Paula defiende: “Yo la oí jurar con los ojos de la fe, contemplaba al niño envuelto en pañales, que lloraba en el pesebre...”. El Codex Calixtinus, exponente de la tradición jacobea reconoce que la fe tiene más mérito para que Dios obre milagros por medio de sus santos que ir ante la presencia del cuerpo de los mismos santos. 

 Con la peregrinación se trata de fomentar la oración y el sentimiento de adoración. Ya en los primeros momentos de la peregrinación a Jerusalén se reconoce que se va allí a adorar los lugares santos y la preciosa cruz. A lo largo de la Edad Media se recomienda a los peregrinos que veneren las reliquias teniendo oraciones por el día y vigilias nocturnas, para lo cual muchos peregrinos pasaban noches enteras encerrados en las iglesias que guardaba las reliquias. Es la oración, individual, pero sobre todo colectiva, a través de la novena de vigilias, que  se hace común a partir del siglo XII, la práctica más habitual en los lugares de peregrinación. Aquella gente estaba convencida que con la oración se ayudaban a ganar el cielo. El Codex Calixtinus al hablar de la Iglesia de Santiago nos dice que ésta no resplandece sólo por los milagros, por otra parte tan demandados, que allí obra Santiago, sino  “porque allí se atienden las preces de las gentes fieles”. 

Al finalizar la vigilia solían confesar, comulgar y ofrecer su ofrenda en agradecimiento por la protección recibida o en previsión de que se le conceda lo que pide. No faltaba la promesa de consagrarse al servicio del santo a través de la participación en cofradías y hermandades que tenían por objeto no sólo prestar servicios de carácter religioso, celebrando funerales y rezando por los miembros que fallecían, sino mantener viva la devoción, promover la peregrinación y   ayudar a los que se ponían en camino.


Al fomentar una devoción táctil, tangible a los sentidos, el peregrino lo que quería, cuando llegaba al lugar de peregrinación, era estar lo más próximo posible a las reliquias, entrar en contacto material con ellas, y obtener, si es posible, todo tipo de reliquias para llevarlas a su lugares de origen, y es que se estaba convencido de que Dios se manifiesta en la tierra por los milagros que los santos realizan, por eso al ponerse en camino hacia su tumba y poder tener, si es posible, sus reliquias buscaba  asegurarse  la protección del santo para esta vida y su intercesión ante Dios para la otra.  

 La peregrinación pretende fomentar la piedad, la devoción hacia el lugar al que se peregrina, que es considerado como un lugar santo, por eso desde los primeros tiempos de la peregrinación no sólo se informaba uno del mismo, sino que oraba en él. En el Itinerario de la Virgen Eteria se nos dice que cuando llegó ante el sepulcro de Santa Tecla en las cercanías de Corico hizo oración ante el sepulcro y leyó las actas de Santa Tecla, lo mismo nos dice que hizo en Constantinopla “en las iglesias o monumentos de los apóstoles y en todos los sepulcros, que allí son muchos”. Nos cuenta la peregrina gallega Egeria que, cuando inicio su viaje por Palestina, “según la costumbre y práctica  que teníamos al llegar a cualquiera de los lugares santos... se hizo oración, se leyó la lección y se dijo  el salmo apropiado”. 

Se pretendía que la peregrinación fomentase el espíritu ascético, de pobreza, de desprendimiento y de ruptura, aunque fuera temporal, con el mundo, por eso la imagen que se desprende del peregrino es la de un hombre que hace el camino a pie, sin grandes medios, acogiéndose a la hospitalidad La imagen de peregrino que se nos desprende de la lectura del Codex Calixtinus es la de aquel que busca imitar la vida apostólica, de caminantes pobres: “de ningún modo se les conceda a los peregrinos llevar dinero, a no ser para  repartirlo entre los pobres”. Y es que el peregrino tiene que ser un imitador de aquel a quien visita: “Si el señor no entró  en  Jerusalén en un caballo o mula, sino en un asno ¿qué será de aquellos que con caballos y mulas lucidísimas y con grandes monturas de comodidades van allá? Si San Pedro fue a Roma descalzo y sin dinero y habiendo sido crucificado se llegó al Señor, ¿cómo muchos peregrinos cabalgan con mucho dinero y dos vestidos, comiendo manjares deliciosos, bebiendo más vino de la cuenta y nada repartiendo entre sus hermanos se dirigen a El? Si Santiago sin dinero ni calzado, fue peregrino por el mundo y, finalmente degollado, subió al paraíso, ¿cómo los peregrinos repletos de diversos tesoros, sin dar a los necesitados, se encaminan hacia él?...”. Valga este texto, a la vez, como exponente de lo que se deseaba fuera la peregrinación y crítica del ideal no siempre conseguido.

 

 

 

 

 

 

 


                                                                                               

 

Crítica a la peregrinación

 A pesar del auge que experimenta la peregrinación y de su aceptación durante los siglos medievales,  siempre se dio una cierta reticencia por parte de los espirituales, que llaman la atención sobre el falseamiento de la práctica devocional, ya que para ellos el verdadero culto que hay que tributar a Dios es el que se le da en espíritu y en verdad, y es que la peregrinación a veces da pie a una vida un tanto licenciosa: “No es de alabar el haber estado en Jerusalén, sino el haber vivido bien en Jerusalén... No pienses falta nada a tu fe  porque no hayas visto a Jerusalén,  ni me tengas  a mí por mejor porque gozo de la vivienda de este lugar” (San Jerónimo, Cta. 58, 2-4.). En la misma línea se mueve San Agustín cuando, criticando la costumbre nadas edificantes de las borracheras de los peregrinos en la basílica de San Pedro, invita para honrar al apóstol “escuchar sus preceptos, examinar con la mayor devoción las epístolas en las que se manifiesta su voluntad, y no la basílica en la que tal voluntad no aparece” ( San Agustín, Cta. 29, 10). 

La peregrinación va a entrar en crisis, no quiere decir con esto que desaparezca, pues continuará, aunque mermada, y se verá revitalizada, con otras perspectivas que las que tuvo en los siglos medievales, en el siglo XIX. Esta crisis se debe a distintos factores. El desarrollo del tema de la peregrinación espiritual, que en la línea de lo que ha sido la Devocio Moderna hace de la vida cristiana una aventura espiritual, la peregrinación es un ejercicio espiritual más que uno puede cumplir en su propia casa, sin dejar su tierra o su familia, lo que importa es buscar a Dios no en otros lugares, como hace el peregrino, sino en el interior de uno mismo Se insiste en que el cristiano es un peregrino, no por que ande por los camino, sino por progresar cada día en el seguimiento de Cristo, libre de ritualismos, de ceremonias religiosas, no andando de peregrinación, camino de Jerusalén, Roma o Santiago, “donde no tienen nada que hacer, y, en cambio, dejan abandonados la mujer, la casa y los hijos” (Erasmo de Rotterdan, Elogio de la Locura, Espasa-Calpe, Madrid 1969, p. 92). En esta línea, y al no poder ir a Tierra Santa se generaliza el llamado Vía Crucis, en donde los fieles devotos encuentran un sustituto de la peregrinación, pudiendo contemplar y recorrer en espíritu los lugares de la pasión y muerte de Cristo sin tener que abandonar la vida cotidiana.

 La crítica que se hace en los movimientos espirituales, valdenses, wiclerianos, husitas, al sistema de indulgencias y al culto a las reliquias, que está en la base de las peregrinaciones, que culminara en la crítica de los reformadores, valga como exponente de la misma lo que Lutero, en el  Llamamiento a la nobleza cristiana de la nación alemana, afirma, la necesidad de suprimir todas las peregrinaciones ya que son el motivo de “innumerables ocasiones de pecar y de menospreciar los mandamientos de la ley de Dios”. “¿Por qué dejar su parroquia, la palabra de dios, mujer e hijos, etc. que son necesarios y a los que estamos obligados, para correr tras esos fuegos fatuos, inútiles, inciertos, peligrosos del diablo? Ha sido el Demonio quien ha aconsejado al papa que confirme y dignifique esta práctica para desviar de esta suerte a la gente de Cristo y con el fin de que confíen en sus obras propias y se tornen en idolatría; que esto es lo peor, además de tratarse de algo innecesario, no preceptuado ni aconsejado e incluso peligroso”. Lutero, Los artículos de Schalkalda, en Obras, edición preparada por Teófanes Egido, Sígueme, Salamanca 1977, p. 340.  Debemos tener presente que en el catolicismo postridentino, aunque se reafirma el valor de las indulgencias y la veneración de las reliquias de los Santos,  la devoción individual triunfa sobre la fe colectiva, que había sido la que mantuvo vivo el espíritu de la peregrinación. El hundimiento de la cristiandad, con el cisma de Occidente, siglos XIV-XV, la ruptura protestante del siglo XIV, la división religiosa y el establecimiento de nuevas fronteras en Europa y las guerras de religión, que hicieron difíciles las peregrinaciones.

 Luis J. F. Frontela

 

Actualizado (Jueves, 04 de Febrero de 2010 18:33)

 

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